“Mija, I don’t think I’ll make it to the end of the year.”

Eso es lo que dijo mi abuelo a mi mamá el verano pasado. Durante los últimos años, mi abuelo había estado viviendo con fibrosis pulmonar, y su condición había empeorado mucho el año pasado. Cuando pienso sobre su condición – viviendo con un dolor constante en las costillas y despertando cada día sin aliento – yo puedo entender por qué en ese momento mi abuelo tuvo pocas esperanzas sobre el prospecto de vivir hasta el fin del año. 

Afortunadamente, mi abuelo todavía está aquí más de un año después. Sin embargo, su condición no ha mejorado. Ahora depende de una máquina de oxígeno todos los días. No es fácil verlo usando esa máquina de forma constante. Los ruidos repetitivos que provienen de la máquina me hacen sentir preocupado cuando visito el tranquilo hogar de mi niñez. Solo puedo imaginar lo que siente mi abuelo; la máquina le ha quitado gran parte de su autonomía.

A pesar de todo el dolor que él siente cada día, siempre veo una sonrisa en su cara cada vez le visito. A sus 84 años mi abuelo no es un extraño al dolor y lucha por seguir adelante a pesar de las dificultades. En este aspecto, mi abuelo es una de las personas más fuertes que conozco. 

Mi abuelo nació en 1939 en un pequeño pueblo llamado Tucumcari en Nuevo México. Su abuela emigró de México en 1915 para huir de la violencia de la revolución. Aunque mi abuelo se crió en un hogar amoroso, era consciente del hecho que mucha gente en su comunidad no lo respetaban. “I stayed where I belonged” él me dijo. Él recuerda que había “Mexican days” en la piscina comunitaria que era la única vez en que los mexicanos y chicanos podían nadar. Según LatinoUSA, los mexicanos en el suroeste durante esta época solo podían nadar en las piscinas comunitarias el día antes se limpió, cuando el agua todavía estaba sucia. 

Aunque mi abuelo evitó la prejuicio de la sociedad estadounidense cuando era un niño, tendría que enfrentar el racismo y discriminación al comenzar la escuela. Me dijo, “I was excited to go to school, but not long afterwards, I didn’t feel so comfortable.” Mi abuelo estaba acostumbrado al castigo físico en la escuela. Una vez, un niño blanco lo empujó contra una pared y le cortó el labio. Cuando un maestro vio a mi abuelo persiguiendo al mocoso, lo llevó adentro y lo golpeó. Al otro niño no le pasó nada. 

Aunque la sociedad estadounidense no respetó a mi abuelo en los años 40 y 50, todavía se siente afortunado por haber creído en este país. Mi abuelo a menudo cruzaba la frontera con sus abuelos cuando era un niño. Para él, estas experiencias fueron reveladoras. De ninguna manera estaba bien económicamente en Nuevo México la familia de mi abuelo; pero la pobreza que vio en Juárez cuando era un niño era como nada visto antes. En sus propias palabras  “I consider myself lucky.”

No quiero presentar a mi abuelo como alguien pasivo que acepta la injusticia y el sufrimiento. Aunque mi abuelo siempre trata de tener una perspectiva positiva, también es una persona de acción. Mi abuelo se mudó a San Francisco cuando era adolescente en los años 50 y vivió en la Misión por casi 2 décadas. Trabajó como un estibador, o “longshoreman,” y se familiarizó con el trabajo duro y físico. Su trabajo consistió en cargar y descargar el cargamento de los barcos, y casi todo el trabajo era manual durante esta época, algo que hacía el trabajo particularmente peligroso. Pero a finales de la década 60, la mecanización comenzó a ser implementada a través de la costa oeste. Por un lado, la mejor tecnología hace que el trabajo sea más seguro; pero, al mismo tiempo, amenazó la seguridad laboral. Pensando en el futuro, el sindicato ILWU (International Longshoremen and Warehouse Workers Union) lanzó una huelga en 1971 con la esperanza de obtener beneficios y empleo seguro. La huelga resultó en puertos de toda la costa oeste cerrando. “We stayed for over 100 days,” mi abuelo me dijo, “no ships moved or nothing.” El esfuerzo fue exitoso y los trabajadores recibieron una garantía para trabajar al menos una cierta cantidad de horas, y también beneficios como pensiones y seguro de vida. 

 

Veo la perseverancia de mi abuelo no solo como un reflejo de él como un individuo fuerte, sino también como un tipo de optimismo para personas marginadas por la sociedad. Es decir, aunque mi abuelo siempre se ha enfrentado a la adversidad de una forma u otra, él ha sido optimista de que con esfuerzos perseverantes las condiciones en las que vivimos pueden mejorar. Después de lesionarse la espalda por primera vez dos años antes de la huelga, mi abuelo siguió trabajando; pero no era pasivo. Luchó en la huelga para garantizar la seguridad laboral y los beneficios para todos, con la esperanza de que él y los futuros trabajadores pudieran trabajar en condiciones más justas. Aunque mi abuelo vivió en un momento y lugar específico, veo su perseverancia como algo universal por todos  aquellos que viven abajo de condiciones precarias e injustas.

 


 

“¡Cuidado!”

 

Mi abuelo se dio vuelta para ver por qué su amigo estaba gritando. Arriba, vio el enorme brazo de una grúa cayendo. Mi abuelo y los otros trabajadores en el barco corrían como ratas para evitar ser aplastados. En un instante, mi abuelo se encontró en el suelo, con la grúa encima de él. Solo un perno rompió la caída de la grúa; le salvó la vida.

 

 

 

Mi abuelo regresó a su hogar esa fría noche de diciembre de 1971 y fue a la cuna de mi mamá. “I cried,” me dijo, “I knew that she was the reason I was alive.”

 

 

Probablemente nunca voy a ver ni enfrentar los tipos de cosas horribles que mi abuelo ha visto en su vida. Tengo el privilegio de no tener que trabajar en las condiciones en las que él lo hizo. La escuela para mí nunca fue un lugar donde me sintiera insegura. Todo esto es gracias a que mi abuelo perseveró con esperanza, y no con rencor. 

 

En ese momento, cuando sostuvo a mi madre en sus brazos, la razón detrás de su perseverancia quedó clara.